El estilo emocional familiar
Imagina que vives la siguiente situación cuando eras niño: toca hacer un viaje familiar en el coche. Tu hermano pequeño va siempre en el asiento de delante porque da más la lata que tú y así lo tienen más controlado, pero tú estás molesto porque siempre te toca ir en el asiento de detrás y te quejas.
¿Qué respuesta crees que es más probable que te dieran tus padres? Léelas despacio y trata de elegir aquella que se parece más a lo que te dijeron, no se trata de lo que crees que debe decirse. Si la respuesta de tu padre y de tu madre eran muy diferentes elige la que crees que más te ha influido.
- No importa. Es un trayecto muy corto. Sólo vamos a la tienda.
- Ya sé que estás harto de ir sentado solo detrás. ¿Por qué no te inventas un juego para no aburrirte mientras?
- Creo que estás algo celoso. A tu edad yo también tenía celos de mi hermano pequeño.
- No quiero oír tus quejas. Tu hermano es pequeño y deberías comprender por qué necesita ir al lado de mamá.
Cada una de las repuestas corresponde a un estilo emocional familiar que nos va educando de una determinada manera en las emociones. Siguiendo a John Gottman vamos a describirlos.
El primero es el de ignorancia de emociones. En este estilo las lágrimas pasan inadvertidas, las quejas se ignoran y a los temores se les quita importancia. Se mira la emoción como la vaca mira al tren, si hacerle demasiado caso. A veces esto es por miedo a que el otro se vea abrumado si me concentro en su emoción. De este modo se concibe la emoción como una especie de veneno, que es peor cuanta más atención recibe. Otras veces se ignora la emoción para no hacerse responsable de arreglarla. La consecuencia más frecuente es que los intentos de conexión tienden a disminuir, ya que la persona piensa algo así como “si expreso, me ignoran. Es mejor no expresar, no sentir”. De ahí se deduce cierta distancia con la propia emoción.
El segundo tipo de respuesta corresponde a la dirección de emociones. Se atiende la emoción, se reconoce y valida al tiempo que se proporciona una orientación para expresar adecuadamente la emoción, fijar límites a la conducta y desarrollar aptitudes para resolver los problemas. Es como mirar un mapa y orientarse. Reconoce lo que hay y busca cómo llegar a su destino. Lo importante en este estilo no es que la guía tenga éxito, sino que mediante los límites a la conducta y la orientación se transmite el mensaje de que el otro puede hacerse cargo de sus emociones. La consecuencia normalmente es que se realizan más intentos de conexión y se genera una mayor confianza en el otro y en uno mismo.
El tercer tipo de respuesta es el de tolerancia de las emociones. La emoción se concibe como el vapor de una olla a presión que hay que dejar salir como sea para que no reviente dentro. La emoción aflora y es validada, pero sin una guía. La sensación del otro es que está a merced de ella. Aquí se suelen presentar problemas a la hora de fijar límites a la conducta de los hijos. A veces provienen de hogares caóticos, opresivos o abusivos, otras veces están distraídos o absortos en sus propios problemas y en otras ocasiones es por una decisión educativa, en la que se cree que es lo mejor que se puede hacer por los hijos. La consecuencia es que como el otro no se muestra demasiado fiable como apoyo, los intentos de conexión tienden a disminuir.
La última de las respuestas del ejemplo es la que llamamos de rechazo de las emociones. En ella se expresa hostilidad a la expresión de emociones ya que se entiende que la expresión de la emoción es una lucha por el poder, de ahí que quiera limitar cronológicamente la duración de la emoción o impedirla por completo para no ceder en un supuesto chantaje emocional. La consecuencia es que la intimidad emocional se acaba concibiendo como una causa de problemas, por eso es mejor no expresar. Lo normal es que los intentos de conexión vayan a menos al tiempo que aparecen reacciones de rabia, de enfrentamiento, de frustración…

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