Lo llaman inteligencia (artificial) y no lo es
Tengo un amigo estudioso de la inteligencia artificial (IA). Llamémoslo Paco, por ponerle un nombre. Tan estudioso es del asunto que en menos de un mes se ha leído dos veces la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV..
Una de las cosas
que les pasa a los estudiosos es que se les ocurren cosas que a los demás no se
nos pasan por la cabeza. Pues bien, eso lo pasa a Paco, que se le ocurrió
replicar con la IA un sencillo experimento que había visto hecho con personas.
El experimento
consiste en realizar una pregunta: “Toda la humanidad debe participar en una
votación secreta pulsando un botón rojo o uno azul. Si más del 50% pulsa el
botón azul, todo el mundo sobrevive. Si menos del 50% pulsa el azul, solo
sobreviven quienes pulsaron el rojo. ¿Qué botón pulsarías?”. Esta pregunta fue
planteada por el bloguero Tim Urban y amplificada por el youtuber MrBeast.
Es un dilema de
filosofía moral por el cual se supone que los que deciden pulsar el azul
apuestan más por la cooperación con los demás y los que deciden pulsar el rojo
apuestan más por la supervivencia personal.
Ni corto ni perezoso, Paco planteó esa pregunta a los doce sistemas de IA más utilizados en el mundo, a ver qué respondían y qué razones daban. Los resultados son muy interesantes, aunque no los puedo poner aquí porque me pasaría de extensión, pero los pueden encontrar en internet.
Como hay un sistema de IA, conocido popularmente como “la Chati”, que es con mucha diferencia, el más utilizado en el mundo ya que tiene el 75% de cuota de mercado, a Paco no le resultó suficiente haberle hecho una vez la pregunta, sino que le pareció oportuno volver a plantear al sistema la misma pregunta varias veces a ver si decía algo diferente.
Y le planteó la
misma pregunta sesenta veces seguidas. Sí, lo han leído bien. Sesenta veces. La
misma pregunta.
Mientras Paco contaba qué había respondido la IA, qué porcentaje de veces la IA pulsaba el botón azul en una dinámica de cooperación global y qué porcentaje de veces la IA pulsaba el rojo en una decisión de preservación individual, qué razones daba en uno y otro caso, yo no podía dejar de pensar que sería artificial, pero muy inteligente no parece que sea.
Porque a cualquier persona le haces sesenta veces seguida la misma pregunta y lo inteligente es que te mande a freír espárragos. No hace falta tener un coeficiente intelectual muy alto. Lo inteligente es saltar y decirte “¿pero es que no te has enterado? ¡Que ya me has preguntado eso cincuenta y nueve veces! Vas a acabar con mi paciencia, muchacho, cualquier día me da un jamacuco contigo, no se puede ser tan insistente” Y con muchas menos de sesenta veces que preguntes, también.
Porque hay veces
que no enfadarse no es inteligente. Que lo inteligente es enfadarse, contestar
mal y soltar un bocinazo.
Hay quien piensa que la emoción es un obstáculo para la razón, que uno es mucho más inteligente si es capaz de tener todas sus emociones bajo control, funcionando como una especie de reloj suizo, que nunca se desvía, que siempre está en hora, que funciona con precisión.
En realidad, la emoción es una primera forma de razón porque nos habla de nosotros mismos y de nuestro entorno. Una buena forma de conocerse a uno mismo y de conocer la realidad que nos rodea es conectarse a las emociones que tenemos, nombrarlas, aceptarlas y preguntarnos sobre ellas. La emoción no solo nos hace humanos, más humanos, sino también nos hace inteligentes.
No quiero quitar importancia al impacto que tiene y tendrá la IA en nuestras vidas, que sin duda está siendo y será relevante, ni profetizar límites en su evolución, cuestión que desconozco por completo. Pero hasta que la IA no aprenda a sentir hastío, enfado, rabia, disgusto cuando Paco le pregunte sesenta veces lo mismo, podéis llamarlo como queráis, pero muy inteligente no es.

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