Cuando crear mal ambiente es necesario

Hace algún tiempo hice un elogio de la ira en estas páginas. Después de leer el artículo alguien me dijo que la ira crea muy mal ambiente entre las personas y puede ser verdad. La cuestión es, creo yo, que poner el ambiente como criterio supremo de valoración para que las cosas sean buenas si el ambiente lo es, o malas si el ambiente es malo, nos impide ir a la esencia de las conductas, de los hechos, de las ideas.

    Empecemos por aclarar algo antes de meterme en harina. Cuando hablo de crear mal ambiente no me refiero al jefe déspota, la madre iracunda o el esposo permanentemente cabreado, no. No me refiero a aquellos que explotan, desprecian o critican, que humillan a los demás o que utilizan el sarcasmo para ridiculizar a otros, no.

    Me refiero a esa persona que en una reunión de trabajo pone sobre la mesa el incumplimiento de una tarea a la que otra persona se había comprometido previamente. El resto de los asistentes, plenamente conscientes del incumplimiento, deciden callar para no hacer mal ambiente en la reunión, aunque luego en el café criticarán la falta de responsabilidad de la persona que faltó a su compromiso.

    Pero esa otra persona pone sobre la mesa el incumplimiento. Lo hace de la manera que sabe, o puede, a veces con amargura, a veces, ásperamente... Y se le acusa de hacer mal ambiente, se le presiona para que no insista…

    Bendito mal ambiente que permite explicar los motivos del incumplimiento, corregirlos en caso de que sea posible y sostener una comunicación cara a cara.

    Me refiero también a esa persona que en un café con amigos en el que todo son risas y compadreo alza la voz, molesto, para interrumpir una crítica a un amigo que no está presente en la reunión. Y corta el rollo al resto. Y se le acusa de crear mal ambiente.

    Bendito mal ambiente que impide la burla por la espalda, la sonrisita cómplice del desprecio.

    Me refiero a esa persona que en un grupo humano señala un problema que cree que está sucediendo en ese mismo momento, entre esas mismas personas y que nadie está nombrando, aunque muchos lo perciben. Se le acusa de hacer mal ambiente.

    Bendito mal ambiente que posibilita hacer explícito lo implícito y permite abordarlo.

    Muchas veces el buen ambiente es en realidad buen rollo, superficialidad implícitamente pactada y esa deformación de la amistad que es el amiguismo. En estos casos es preferible el mal ambiente de la franqueza, del respeto al compromiso y de la honestidad. Y para ello es preciso a veces cultivar el desacuerdo, la oposición, la mirada crítica. ¿Cuántas buenas ideas se pierden porque estropean el buen ambiente convertido en un dios? ¿Cuántos compromisos se incumplen porque el buen ambiente ahoga la exigencia de su cumplimiento? ¿Cuántas personas son criticadas sin nadie que las defienda porque nadie quiere crear mal ambiente?

    Muchas veces se critica al que genera el mal ambiente diciéndole que las formas le hacen perder la razón. Pero formas y razón, no siempre caminan de la mano. Es signo de madurez intentar que lo hagan cuando tenemos que hablar, para decir las cosas de la mejor forma posible. Pero también es signo de madurez saber separar ambas cuando nos toca recibirlas y ser capaces de poner el fondo sobre la forma. A nada que repasemos nuestra propia historia sabemos que uno puede perder las formas y tener toda la razón del mundo y otro puede mantener unas formas exquisitas y no tener ninguna razón.

    Tras esta pequeña defensa del generador de mal ambiente quiero añadir una última cosa, aunque parezca evidente: no todo el que crea mal ambiente tiene razón en lo que dice. Pero tampoco pierde la razón por el hecho de que cuando habla no lo haga como el resto cree que debería hacerlo.

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