Percibir, alegrarse, promover


    Tres verbos. Cada uno encierra un movimiento, un dinamismo que impulsa la relación de pareja haciéndola más plena, más profunda, más feliz.

Percibir.

Quiere decir notar, darse cuenta, captar. Muchas veces percibimos la realidad sin que nuestra voluntad necesite ser puesta en marcha. Podemos percibir sin querer un ruido fuerte, una luz que nos deslumbra, un pinchazo en la piel… Pero hay otras ocasiones en las que para percibir algo necesitamos ejecutar nuestra atención, ponerla en marcha. Esto puede suceder con estímulos físicos, pero también con otras dimensiones de la realidad. 

Al principio de una relación es normal que la atención se vuelque hacia la otra persona. Con el tiempo es frecuente que esa atención se vaya relajando y se vaya dirigiendo a otras realidades vitales. Por eso, hacer el esfuerzo de dirigir nuestra atención hacia la otra persona para percibir qué hay de bueno en ella es un acto de amor que nutre la relación. Notar qué cosas hace bien, captar sus cualidades, darse cuenta de lo que me aporta a mí y al resto del mundo. Este movimiento no niega que el otro tenga defectos ni los borra de un plumazo. Lo que hace es evitar que la atención sea arrastrada por los acontecimientos vitales sin una dirección y dirigirla hacia lo que de bueno hay en la otra persona. Este movimiento predispone el corazón para el siguiente.

Alegrarse.

Quiere decir gozar, recrearse, disfrutar. Así como para percibir entran en juego la voluntad y la atención, alegrarse es un movimiento afectivo que no se puede forzar, pero que es más sencillo que surja si soy capaz de percibir las cualidades del otro que si solo veo sus defectos. De la misma manera que cuando me fijo solo en los defectos del otro suele cundir el pesimismo en mi ánimo respecto de la relación y su futuro, cuando contemplo sus cualidades es más sencillo que aparezca la alegría de que el otro forme parte de mi vida.

Como decía antes uno no puede alegrarse voluntariamente, pero puede predisponer el ánimo observando lo valioso que es que el otro esté en mi vida. Cuanta más riqueza de detalles haya sobre el apoyo, la intimidad, la escucha… en la historia de la relación, más posibilidades hay de que el corazón se vea movido a la alegría por ese ejercicio de la percepción. Cuanta más alegría, mejor, pero no es imprescindible alegrarse muchísimo y sentir un gozo incontenible en el pecho para que tenga lugar el último paso.

Promover.

Es impulsar, promocionar, favorecer. Es la respuesta lógica a los dos movimientos anteriores. Si he percibido lo bueno que hay en el otro y me alegro de que el otro esté en mi vida, la consecuencia es hacer lo posible porque aquello que percibo y que me alegra crezca.

Las formas de promoverlo pueden ser diversas. Pueden ir desde un gesto de reconocimiento como una mirada o un suave apretón en la mano hasta un agradecimiento expreso por aquello que el otro hizo. Pero también puede ser apoyar aquella realidad que sabemos que ayuda al otro a cultivar sus cualidades, la participación en tal o cual realidad asociativa, la relación con la familia de origen… Y ese apoyo a su vez tiene diferentes grados que van desde no poner obstáculos ni pegas a su participación, pasa por la escucha atenta cuando me cuenta y llega hasta acompañarlo físicamente y participar con él de esa realidad. 

A la hora de realizar este último paso, también puede ponerse en juego la voluntad, aunque solo con la voluntad no basta. Es decir, yo puedo hacer el esfuerzo de agradecer algo a mi pareja cada noche, pero si eso que agradezco no lo he percibido realmente y ese agradecimiento no me ha calentado un poco el corazón, el hecho de agradecer algo al otro se puede volver un ejercicio rutinario. 

Si muevo mi atención para percibir lo bueno que hay en el otro, dejo que mi corazón se alegre y busco la manera de promoverlo, seguramente sea más fácil encontrar nuevas cosas que percibir, de las que alegrarse y que promover.   


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