Te puedes parecer a Paul Newman, pero no en lo guapo
Se refiere a Paul Newman, quien estuvo casado durante cincuenta años con la actriz Joanne Woodward. Se cuenta que le preguntaron cuál era el secreto para que su matrimonio durase tanto, cosa poco frecuente entre actores. Dicen que él lo explicó así: “Todo se basa en una estricta distribución de papeles. De las cuestiones menudas se ocupa mi esposa, pero de las cuestiones realmente importantes me ocupo yo. Por ejemplo, yo quería vivir en el campo y mi mujer en la ciudad: vivimos en una gran urbe. Yo no quería tener hijos y mi mujer sí: tenemos los hijos que quiso tener mi esposa. Ella pretendía una educación privada para nuestros hijos, yo no: se han educado como ella decidió. En todas esas fruslerías -proseguía el actor- manda mi mujer. Ahora bien, en las cuestiones realmente importantes, por ejemplo, si China debe o no debe formar parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas… ¡Eso es cosa mía!”
Hasta aquí la anécdota que, como digo, no puedo asegurar que sea real. Pero me vale para traer a estas líneas dos temas que tienen que ver con la relación de pareja y que están muy bien expuestas en esta anécdota.
El primero consiste en dejarse influir por el otro. Muchas veces ante los acontecimientos de la vida creemos que tenemos la razón, que las cosas son como nosotros creemos que son, que nuestras ideas son las mejores y que si el otro me hiciera caso las cosas funcionarían mejor. Con que uno de los dos no se mueva de esa posición, la convivencia se hace realmente difícil. Supone muchas veces hacer elegir al otro entre la anulación o la ruptura. “O ves las cosas como las veo yo o vamos a la guerra”. Y eso no puede ser.
Si nos imaginamos la relación como un deporte de raqueta, las parejas podemos jugar al tenis entre nosotros: te lanzo una pelota, tú me la devuelves, yo intento devolvértela. A veces tú me haces un punto, otras veces te lo hago yo. En un tema podemos tener opiniones diferentes, tú ves una cosa, yo otra, a veces acabas llevando tú la razón, otras veces yo… Esto forma parte de la vida de pareja que vamos aprendiendo con el tiempo.
A lo que no se puede jugar en la relación de pareja es al frontón. Uno con la raqueta lanzando pelotas y el otro solo devolviéndolas, siempre devolviéndolas. Sin ninguna posibilidad de hacer un punto al que está con la raqueta en la mano. Yo te digo una cosa y tú no me haces nunca caso, no admites nunca que llevo razón en algo de lo que yo digo. Eso es agotador y aburrido.
La gracia de la frase atribuida a Paul Newman es la disponibilidad que muestra a dejarse influir por su mujer. Las formas de dejarse influir son muchas. Una de ellas tiene que ver con escuchar. Escuchar cuál es el punto de vista del otro, dejarse interpelar por él, preguntar para comprenderlo mejor. La escucha es un requisito imprescindible para que algo de lo que piensa el otro permee dentro de mí.
El segundo tema que sugiere la anécdota de Paul Newman es el sentido del humor. El humor es una de las herramientas más poderosas para la convivencia: ayudar a tomar distancia de las cosas, a relativizarlas sanamente, a aceptar al otro y a ser humilde. El humor que ayuda no es el sarcasmo despectivo, ni la burla escéptica que camufla el desprecio. El sano humor que ayuda a las parejas y las familias es el cambio de perspectiva que propicia un cambio en el impacto que provocan los acontecimientos en mí.
Aquí hay dos caminos para parecernos un poco a Paul Newman, aunque no sea en lo guapo.

Comentarios
Publicar un comentario