Curiosidad y valentía
Mucha inteligencia artificial y mucha gaita, pero un estudio de la psicóloga Samantha Joel de la Universidad de Utah explica que no hay forma de predecir que dos personas se gustarán. Una vez medidas distintas variables y analizados distintos factores personales como la creatividad, la ideología, la autoestima, la asertividad, los proyectos vitales y algunas más, es completamente imposible predecir si dos personas que no se conocen se van a sentir atraídas mutuamente. Ninguna inteligencia artificial, ninguna aplicación de citas, ningún psicólogo podrá anticipar si se van a gustar o no.
Esto
es muy interesante porque ilustra de manera clara que las medias naranjas no
existen. Eso de que estaban hechos el uno para el otro no se puede afirmar,
porque no se puede predecir. Es fácil decirlo cuando le va bien a una pareja,
pero la prueba del algodón es decirlo antes de que se conozcan, a toro pasado
no tiene mérito.
No
existe una compatibilidad a priori. Al menos de momento no se ha podido
encontrar. Si no existen las medias naranjas, ni las compatibilidades o
incompatibilidades, podemos concluir que las relaciones se van construyendo,
desarrollando. Que hay mecanismos que ayudan a hacer que una relación sea
sólida cuando se van implementando en la relación.
Detengámonos
en dos de esos mecanismos: la curiosidad y la valentía. Obsérvese que son dos
actitudes, es decir dos maneras de afrontar distintas situaciones de la vida,
que conllevan unos sentimientos y se traducen en unos comportamientos
concretos.
La
curiosidad es la actitud de aquella persona que está predispuesta a aprender o
a conocer lo que no conoce. Requiere cierta humildad. Es la actitud del
científico que intenta entender un fenómeno en el laboratorio. La del
antropólogo que analiza a una tribu desconocida e intenta comprender sus
mecanismos sociales y de relación. La del psicólogo que trata de comprender la
función de una conducta de su paciente. La del periodista que investiga un
caso. Supone querer descubrir más, entender mejor, profundizar en los asuntos
que tiene entre manos. La curiosidad implica intención. Implica la voluntad de
querer dedicar esfuerzos, tiempo, de aceptar los fracasos como parte del camino.
Implica también atención, que el pensamiento no vague por ahí mientras estoy a
la tarea.
La
curiosidad debe ser la actitud cuando miramos y conversamos con nuestra pareja.
La de querer entenderla mejor, descubrir más de ella, comprender sus
mecanismos, sus formas de entender la vida, su manera de reaccionar a los
acontecimientos, de tomar decisiones.
Tiene
algunos enemigos la curiosidad. Uno de ellos, quizás el más importante, es la
indiferencia con la que se abordan las cosas ya sabidas, aquellas de las que no
esperamos descubrir nada nuevo, la displicencia que procede de la soberbia de
creer que ya conocemos al otro. Frente a esto es imprescindible descubrir que
nunca conocemos al otro del todo, que siempre hay algo por explorar, una parte
del otro que no sé.
La
otra actitud es la valentía. Valentía para compartir nuestra vulnerabilidad, es
decir, aquellos aspectos en los que nos sabemos limitados, en los que nos
sentimos poco seguros, en los que tememos el rechazo del otro. La valentía para
exponer la vulnerabilidad es imprescindible porque la vulnerabilidad genera
confianza, que, como dice Gottman, es el oxígeno que necesita la relación para
respirar.
Tiene
algunos enemigos la valentía. Uno de ellos, quizás el más importante, es el
miedo de no ser queridos, de no ser aceptados, de vernos rechazados. La
vulnerabilidad precisa de la acogida para sobrevivir. Si supiéramos que vamos a
ser aceptados, no esconderíamos tantas cosas de nosotros. Las escondemos para
mantener nuestra imagen, para aparentar una fortaleza que rara vez tenemos. Por
eso, cuando la valentía aflora y la vulnerabilidad se pone sobre la mesa, es
imprescindible acogerla. Esto implica tratar con delicadeza lo que el otro me revela,
no ignorarlo. Supone no utilizarlo en otro momento para atacarle. Requiere agradecer
la valentía de exponerse…
Curiosidad
y valentía son así dos actitudes necesarias para fortalecer una relación que
surge con una atracción que, gracias a Dios, es imposible de predecir.

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