¡Es la ternura!

La reducimos a la infancia, pero, en realidad, la necesitamos toda la vida. La confundimos con la ñoñería diluyendo así su capacidad transformadora. Parece cosa de cursis, sin embargo, su potencia para configurar una vida es infinita. La ignoran los obsesionados con la eficacia. La desprecian los que nunca la han experimentado. La detestan quienes solo quieren imponerse a los demás. No consiste en muestras físicas de afecto. A veces se manifiesta con una mirada esperanzada. A veces se expresa con un silencio comprensivo. A veces aparece en una renuncia sacrificada. No se trata de una emoción intensa que se siente muy dentro y hace estallar el corazón de gozo efusivo, no. Más bien se parece al sol de febrero, que calienta para ahuyentar la helada de la noche. Así, la ternura da calor al corazón cuando el frío de la vida congela el alma. No es amar al otro “a pesar de” s...